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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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—Quiero que me des un hijo o irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —dijo, y todo en mĂ­ se paralizĂł. —¿EstĂĄ loco? ÂżCĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y entregĂĄrselo como si no llevara mi sangre? Eso es cruel
 —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la miseria. No tienes opciĂłn. Solo es alquilar tu vientre, y punto —dijo, terminando de un trago lo que quedaba en su copa. Ella habĂ­a robado un reloj de lujo al jefe de la mafia. Para pagar su deuda y salvar a su hermana gravemente enferma, no tuvo mĂĄs remedio que aceptar darle un hijo. Él arrojĂł un contrato frente a ella: —Aparte de para el hijo, no te me acerques. Sin embargo, meses despuĂ©s, Ă©l era quien se pegaba a la puerta de su habitaciĂłn dĂ­a tras dĂ­a, rogando por besos y abrazos. —¡Señor Morgan, compĂłrtese! —Abre. El contrato dice que tĂș no puedes acercarte a mĂ­. ÂĄNo dice que yo no pueda acercarme a ti! I Europa; Italia, Florencia. Pov SalomĂ© —Pasajeros con destino a Florencia Italia por favor abordar. Escucho la voz de la agente de reservaciones anunciando mi vuelo. Presiono la maleta con fuerza y tomo la mano de mi hermana para luego avanzar al pasillo largo en dĂłnde chequean mis pertenencias. El nudo que se forma en mi garganta lastima mi cuerdas vocales y el tintineo de mi corazĂłn indica lo asustada que estoy. JamĂĄs he salido de Colombia, ni siquiera lo he hecho de MedellĂ­n o de BogotĂĄ cuando me tocĂł estudiar mi carrera. Toda mi vida vivĂ­ en las lĂ­neas latinas de mi paĂ­s, y tener que dejar mis raĂ­ces por un mejor futuro para mi hermana y para mĂ­ no es nada fĂĄcil; pero supongo que de eso se trata la vida, de experimentar y vivir nuevas aventuras aunque no sea por la razones que quiero. «Mis padres murieron» Hace un par de meses fallecieron en un accidente de tren; provocado por la explosiĂłn de una caldera. Ha sido difĂ­cil sobrellevar el duelo y mĂĄs al verme tan vulnerable con una hermana de seis años a mi cargo, pero me he aferrado a las palabras de mi madre. «Si tienes una carga es porque puedes con ella» MamĂĄ siempre decĂ­a que Dios no nos ponia cargar a quien no puede llevarlas. Subo las escaleras metĂĄlicas que le dan inicio a la entrada al aviĂłn y luego que entro busco el asiento que se me fue asignado. —Ya estamos aquĂ­ SalomĂ© —me hablo a mi misma mientras resoplo—, tenemos que conquistar a los europeos —sonrĂ­o con picardĂ­a. 
 El clima gĂ©lido de Florencia nos recibe muchas horas despuĂ©s. La espalda me duele y tengo las nalgas dormidas por el viaje. Tomo a SofĂ­a entre mis brazos y corro fuera del aeropuerto dejando que las gotas de agua nos mojen los trajes desgastados y opacos que llevamos puesto. A pesar de estar lluvioso las personas con trajes y gabardinas elegantes se pasean con sombrillas de colores aumentando mi ansiedad ya que estar en lugares con mucha gente me pone un poco nerviosa. Respiro profundo intentando contener los nervios y espero mi turno para cruzar la calle que me lleva a la lĂ­nea de quioscos donde puedo comprar una tarjeta para llamar a mi tĂ­a Victoria; es la hermana mayor de mi madre, se casĂł hace mucho con italiano que la trajo aquĂ­, pero que muriĂł años despuĂ©s dejĂĄndola con una casa hipotecada y un montĂłn de deudas que pagar. El semĂĄforo indica mi pase y decido caminar despuĂ©s de dar un Ășltimo vistazo, pero
 un auto de alta gama pasa saltĂĄndose la luz en rojo y llenĂĄndome la ropa de agua. —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —le grito mientras siento como toda la ropa se me pega al cuerpo. Bajo a SofĂ­a que aĂșn estĂĄ somnolienta y termino de cruzar mientras aprieto los puños de la rabia. «EstuviĂ©ramos en mi paĂ­s y le partirĂ­a el vidrio con una piedra» —Malditos europeos insensibles —exclamo con los ojos llorosos. «No me he instalado y ya los odio» —Una tarjeta para hacer llamadas —le pido al dueño del kiosco. Pago con el dinero que cambiĂ© al bajar y luego me voy a los telĂ©fonos pĂșblicos que estĂĄn cerca. Meto la tarjeta y saco de mis vaqueros el nĂșmero de mĂłvil de mi tĂ­a quien contesta al tercer pitido. —Tia Victoria soy yo, ya estoy aquĂ­ —hablo sintiendo el frĂ­o en mis dedos por la falta de guantes. Mientras mi tĂ­a me da indicaciones para llegar, me quito la chaqueta que le pongo por encima a SofĂ­a. Ya tiene una puesta, pero el titileo de sus dientes me indica que no es suficiente. —¿Ya llegamos o falta mucho? —me pregunta abrazĂĄndose ella misma. La tomo de la mano y avanzo hasta la lĂ­neas de buses que, unos minutos despuĂ©s nos deja en mi destino. La casa de mi tĂ­a no estĂĄ nada mal, de hecho es bastante cĂĄlida y amplia; cuenta con un enrejado que cubre la parte principal del jardĂ­n y por dentro con grandes ventanales que muestra la vista a la calle. El barrio tampoco es grotesco, es sutil asemejĂĄndose a una urbanizaciĂłn de clase media en lo que serĂ­a mi paĂ­s. Acomodo la ropa que saco de las maletas y luego me recuesto del sillĂłn agotada. —Te traje cafĂ© mijita —habla mi tĂ­a sentĂĄndose a mi lado. —Gracias tĂ­a —le digo tomando la tasa que llevo a mis labios y quĂ© soplo antes de ingerir. —¿Es muy difĂ­cil conseguir trabajo? Me gustarĂ­a mañana dedicarme a eso, SofĂ­a no puede dejar de tomar su tratamiento. «Sufre de asma crĂłnica» Cualquier cosa la altera y si no tiene su medicamento para inhalar a la mano le dan crisis que terminan en hospitalizaciĂłn. —CĂĄlmate hija, tengo algunos ahorros que pueden ayudarte mientras consigues empleo —me dice mientras se saca algo de la bata holgada y de color rosa que lleva puesta. La verdad es que la tĂ­a Victoria es una dulzura, era quien nos ayudaba a nosotros en Colombia y quiĂ©n pagĂł todo el viaje para traernos, pero, la edad pasĂł por su vida y ahora es una bolita de grasa con cabellos blancos que la hacen lucir tierna. —Has hecho mucho ya, y se que tocaste el dinero de la hipoteca para traernos, mañana mismo salgo a buscar algo, no debe ser difĂ­cil —digo tomando sus manos con cariño. 
 —Lo siento señorita, estĂĄn buscando personas graduadas de universidades de renombre o en su defecto graduadas en Italia o algĂșn paĂ­s europeo —me dice la mujer despuĂ©s de leer mi currĂ­culum. —Pero sĂ© hablar italiano, y dos idiomas mĂĄs —me quejo—, por favor señorita necesito el trabajo, crĂ©ame que soy buena publicista —le suplico. —No estĂĄ en mis manos de verdad, si solo tuviera alguna experiencia laboral nosotros
 —me dice de nuevo y tomo la carpeta de mala gana. —Ustedes son una cuerda de incompetentes —hablo con la frente sudada. He recorrido varios edificios buscando trabajo y hasta he pedido que se me asigne alguno que no tenga que ver con mi carrera, pero me han cerrado las puertas en las Ășltimas semanas. Estoy desesperada, la despensa se estĂĄ agotando y el inhalador de SofĂ­a se estĂĄ acabando. —Señorita cĂĄlmense —habla la mujer asombrada por mi actitud. —NingĂșn cĂĄlmense, ÂżcĂłmo podemos tener experiencia si no nos dan un bendito empleo? Piden una universidad de renombre, sabiendo que los ricos se gradĂșan gracias a sus padres y a sus influencias. Los mejores estudiados y preparados somos nosotros los pobres, que trabajamos y estudiamos dĂ­a a dĂ­a para lograr nuestras metas; cada tĂ­tulo, cada nota que he obtenido es bien merecida —los ojos se me llenan de agua. —IntentarĂ© hablar con el jefe —me dice la mujer apenada. Me cruzo de brazos mientras inhalo y la veo irse, pero
 una pila de hombres con trajes y perfumes costosos salen del ascensor. Intento mirar en esa direcciĂłn para ver de quiĂ©n se trata, pero son tantos rodeando a otros dos que no me permite distinguir. —Lo siento —me saca la recepcionista de mis pensamientos—, el jefe no quiso recibir la solicitud y acaba de irse —baja la cara. Tomo mis cosas con un nudo en la garganta y salgo del edificio sintiendo como las esperanzas se desvanecen. «Ser inmigrante es tan difĂ­cil» Pienso mientras me limpio las lĂĄgrimas. Volteo a darle un Ășltimo vistazo al edificio y hago una mueca con los labios al verlo. «Solo a mi se me ocurre venir a conseguir trabajo aquí» Es un edificio de vidreos negros, con un jardĂ­n extenso y como de cien pisos a eso sumĂĄndole que el edificio del alfrente se comunica con Ă©l por medio de un pasadizo elevado del mismo material cristalizado. Tomo el bus que me lleva directo a casa y apenas entro al jardĂ­n siento como la puerta se abre para darle a paso a SofĂ­a; viene con el cabello suelto y con el flequillo desordenado mientras corre. Me agacho para recibirla y la estrecho entre mis brazos. —No puedes estar corriendo Sofi —le digo besando su frente—, sabes que por cualquier cosa te agitas. —Hoy me siento bien SalomĂ©, es mĂĄs creo que ya estoy curada. ÂżSabĂ­as que los pepinos de mar y las arañas tejedoras pueden respirar por el ano? —pregunta y abro la boca—, asĂ­ que no te preocupes hermanita si me falla la nariz ya sabes que
 Le tapo la boca para que no siga hablando ya que, la vecina de al lado se nos queda viendo de manera odiosa. SofĂ­a se rĂ­e y yo entro con la cara teñida de vergĂŒenza. «¿DĂłnde lee esas cosas?» —Anda a tu habitaciĂłn araña tejedora —la reprendo dĂĄndole una palmada en las nalgas. SofĂ­a hace lo que le digo con una sonrisa y mientras sube las escaleras de la casa mi tĂ­a la reprende gritĂĄndole que no corra. —¿Conseguiste algo? —Me pregunta Victoria. Niego con la cabeza mientras tomo el cafĂ© con leche que me entrega. Lo sorbo mientras tintineo mis uñas en la taza y Victoria se me queda viendo con pesar. —SofĂ­a tuvo una crisis —suelta y me pongo de pie de inmediato—, tranquila, la vecina de la esquina que tambiĂ©n tiene a un hijo asmĂĄtico me prestĂł su inhalador y logrĂ© estabilizarla, pero si le da una crisis en la noche o
 —Me froto la frente. —EntrĂ© a buscar empleo en una empresa que queda en todo el centro de Florencia; es la empresa mĂĄs hermosa que han visto mis ojos y el logotipo y el anunciado grande que raya la mayorĂ­a de los rascacielos me pusieron la piel chinita —le confieso recordando todo lo que vĂ­ de regreso. Al principio no supe cĂłmo lleguĂ© a ella, pero cuando salĂ­ me di cuenta que, la publicidad es exorbitante. —Conglomerado Morgan —digo suspirando. Mi tĂ­a escupe el cafĂ© que estĂĄ bebiendo y yo la miro mal. —¿Dije algo malo? —pregunto confundida. —Ni se te ocurra buscar trabajo ahĂ­, si bien es la empresa con mĂĄs oportunidad de todas y es reconocida tanto a nivel nacional como mundial, se dice que los dueños son unos mafiosos asesinos —me habla y abro la boca—, mafiosos con trajes le dicen, y nadie sabe si, toda esa empresa es un fachada a sus negocios ilĂ­citos —explica y una corriente me recorre la espalda. —Es una empresa de licores —bufo. —El dueño es el hijo de un mafioso, no quiero cerca de esa empresa SalomĂ© —me dice saliendo de la cocina. 
 A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo con mayor motivaciĂłn. «Rendirse es la Ășltima opciĂłn» La vecina de mi tĂ­a me prestĂł un traje de pantalĂłn ejecutivo con chaqueta y top blanco que me queda un poco apretado pero bien en comparaciĂłn con mi ropa. Mi piel trigueña y mis ojos marrones oscuros lucen con el blanco de la chaqueta y el negro del pantalĂłn. Me dejo el cabello suelto y me calzo las zapatillas para luego rociarme perfume. SofĂ­a aĂșn sigue dormida ya que en la madrugada le dio otra crisis y no se durmiĂł hasta que la pasĂł. «Necesito encontrar empleo rĂĄpidó» Salgo en busca de ello, pero
 como todos los dĂ­as las puertas son cerradas en mi cara. Se hacen las seis de la tarde y mis pies me llevan a una zona exclusiva en la parte norte de Florencia. Subo la mirada y los ojos se me encandilan con el letrero de “restaurante gourmet” decido entrar a pedir empleo pero
 la recepcionista me dice que no estĂĄn atendiendo personal. Salgo con los ojos llorosos por la parte de parking y
 mis ojos se desvĂ­an a la camioneta de color plomo que tiene los vidrios debajo. Hay unos hombres custodiando pero estĂĄn tan distraĂ­dos que
 —No SalomĂ© nunca en tu vida has tomado nada que no sea tuyo —me digo, pero lo que brilla en la guantera abierta me hace apretar los labios. «No hay despensa, hay que pagar la hipoteca y SofĂ­a necesita su medicamento» Estiro la mano de manera robĂłtica y tomo el reloj que guardo en mi bolso de lado, pero
las alarmas se encienden poniendo a todos a voltear. —¡Una ladrona! —gritan y miro a todos lados asustada. «Eres tu SalomĂ© corre» Me digo mientras salgo corriendo. Salgo del parking mientras los hombres se me pegan atrĂĄs y
 cuando estoy en la calle veo como cuatro hombres con traje me persiguen. —¡Alto, entregue lo que tomĂł señorita! —dice uno y sigo corriendo. Me paro en una esquina y me quito las zapatillas para correr mejor. Lo hago por alrededor de quince minutos, logrando que mi respiraciĂłn se agite y mi frente sude, hasta que
 llego a un callejĂłn en dĂłnde puedo tranquilizarme. Ya los pasos detrĂĄs de mĂ­ no se escuchan y decido sacar el reloj de mi bolso, pero
 no estĂĄ, lo he perdido. «Tuvo que haberse perdido mientras corrĂ­a» —MaldiciĂłn SalomĂ© ni para robar sirves —golpeo el cesto de basura con los ojos llorosos. Salgo del callejĂłn lista para irme a casa, pero
 no he caminado ni una cuadra cuando tres autos me rodean poniĂ©ndome a pasar saliva. «En quĂ© me metĂ­ Dios mio» —No disparen por favor soy inofensiva —hablo subiendo las manos al ver los trajeados armados que salen de la camioneta. Hay muchos, pero uno solo llama mi atenciĂłn; es un hombre grande, con mĂșsculos que sobresalen por encima del traje y unos ojos verdes oscuros que se asemejan al color del cĂ©sped. Su mandĂ­bula cuadrada mĂĄs el animal que sostienen en su correa me indica: ÂĄPeligro! Y, aunque quiero correr, mis pies se plantan en el asfalto como si fuera una apariciĂłn irreal la que estuviesen viendo mis ojos. Sus ojos me detallan de arriba abajo y su mirada bañada de autoridad, soberbia y arrogancia me intimida. Estoy apunto de abrir la boca para explicarme pero
 —Vamos niña mi reloj —habla serio. —Yo
 es que
 —tartamudeo. Rueda los ojos fastidiado y vuelve a repetir; —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pide. —Lo perdĂ­ —suelto asustada. II Un robo peculiar Pov DamiĂĄn Recibo lo que me entregan y salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. La cabeza me duele y los labios los tengo rotos de tanto apretarlos. Siento como cada articulaciĂłn de mi cuerpo se contrae y como las venas de la frente me titilan con intensidad. Subo a mi Ferrari deportivo y avanzo por las calles concurridas de Florencia. Mis escoltas me siguen en los otros autos, ya que no quiero a nadie cerca de mĂ­. Avanzo por la vĂ­a principal y mientras conduzco aprieto con fuerza el papel que tengo en la mano. «MaldiciĂłn» La desesperaciĂłn, sumada con ansiedad me obliga a saltarme el semĂĄforo que se indica el paso peatonal y
 —¡ImbĂ©cil! ÂĄÂżNo ves?! —grita una loca. La miro por el retrovisor dĂĄndome cuenta que es una extranjera; lo se por la ropa y el acento a hablar. Sigo mi camino hasta que llego a la mini mansiĂłn que tengo en Piazza della Signoria. Dejo el deportivo en el estacionamiento y entro cerrando la puerta con desespero. La respiraciĂłn la mantengo agitada, pero se estabiliza un poco al ver Aston parado en la sala. Su pelaje grisĂĄceo mĂĄs sus ojos de color miel me hacen bajar las guardia. «Aunque es un perro asesino» Fue entrenado desde pequeño para matar. Sin embargo, no deja de ser mi mayor y Ășnica compañía en esta mansiĂłn. —Acompåñame a tomar un trago —le pido tocĂĄndole el pelaje. Aston me sigue al mini bar en dĂłnde tomo un vaso y una botella de whisky. Salgo al jardĂ­n y me siento dejando que Aston se me recueste en las piernas. Mientras lo hace, llevo el vaso a mis labios para dar pequeños sorbos. La camisa negra de tres cuartos se adhiere a mi piel hĂșmeda por el sudor que me recorre el cuerpo y mis ojos verdes oscuros se quedan mirando a la nada mientras no dejo de pensar. 
 —Quiero un hijo —hablo mientras veo Florencia por la ventana de cristal oscuro de mi oficina. La risita que suelta LucĂ­an, (mi mellizo). Me hace arrugar las cejas, pero no le respondo. —No te preocupes, puedes decirle a Luciana que te dĂ© uno de los de ella y ya estĂĄ —se me burla y lo volteo a mirar de mala gana. —Pon un anuncio o busca una mujer que quiera parirme un hijo y ya estĂĄ —le dejo claro logrando que su mandĂ­bula se abra. Cuando Ă©ramos jĂłvenes nos gustaba vestirnos de manera deportiva, con chaquetas de cuero y vaqueros ajustados la mayor parte del tiempo y, aunque por mi trabajo y mi edad he decidido solo usar trajes de diseñador, Lucian Morgan la mayor parte del tiempo viene vestido igual al pasado; con vaqueros, camisa y chaqueta de negra, mĂĄs botas deportivas como si no tuviĂ©ramos treinta años y como si no fuera el director general de todo el Conglomerado Morgan. —¿QuĂ© mierda te metiste DamiĂĄn? ÂżQuiĂ©n en su sano juicio te parirĂĄ un hijo y ya estĂĄ? Procedes de una fama y
 —Ofrece dinero, joyas y casa, lo que quieras solo has lo que te digo y deja de refutarme —le pido fastidiado. —¿Eres gay, es eso? ÂĄDios! Luciano se va a morir cuando lo sepa —habla asqueandome—, por eso quieres un hijo de esa manera y por eso nunca te he conocido a una mujer
 —Deja de decir idioteces y largo de mi oficina —lo corro mientras me masajeo las sienes. Lo oigo escandalizarse, hasta decirme que me busque una asistente que haga mis mierdas, pero no le tomo importancia porque sĂ© que terminarĂĄ por hacerlo. Sale como alma que lleva el diablo mientras yo me pongo en lo mĂ­o. La semana pasa y Lucian no me ha dado buenas noticias, cosa que me exaspera y molesta al mismo tiempo. Nado en la piscina de la mansiĂłn mientras mi perro me vigila desde lejos. Cuando salgo, siento como las gotas de agua corren por mi cuerpo tatuado, mientras el short se ajusta mĂĄs a mis muslos. —Un hijo Aston, solo un hijo es lo que pido —le hablo al animal que me ladra en respuesta como si me entendiera. 
 —Señor, puede revisar estĂĄ solicitud, es que la señorita insiste en
—le paso por el lado a la desconocida que intenta hablarme. Entro al ascensor privado junto con Lucian y los escoltas que me rodean para luego al llegar a la planta baja salir como alma que lleva el diablo. Los licores que hemos creado se han esparcido a nivel mundial, estando a la par con los de la familia Lombardi, (quiĂ©n es mi mayor competencia). Sin embargo, somos nosotros los que tenemos la mayor tasa de ventas en Italia. Si bien las empresas ya tenĂ­an un reconocimiento, desde que las tomĂ© hace ocho años he triplicado la fortuna. «Con la ayuda de Lucian» Que, aunque soy yo Ă©l de las ideas, cabe descartar que mi hermano es un monstruo para cerrar negocios. Unos minutos despuĂ©s llegamos al hotel Calimala dĂłnde nos reunimos con los clientes. Si bien necesito mĂĄs publicistas que se encarguen de la parte de las campañas he estado escaso de personal y, no puedo contratar a cualquiera. —Tenemos promociones, tambiĂ©n somos la Ășnica empresa en el mercado que da un mĂ­nimo de crĂ©dito con porcentaje de comisiĂłn muy bajos —habla Lucian mientras yo miro la hora en mi reloj. «Por toneladas» Y, aunque es bajo al ser muchas toneladas es un gran beneficio para nosotros a la larga. «Estrategias que dan mĂĄs ganancias» —Si quieres las lĂ­neas de whisky ofrecemos la de rones con un 10% de descuento a eso sumĂĄndole que estamos terminando la de cebadas —explica mi hermano. —Y a esa tambiĂ©n le daremos el mismo porcentaje de descuento —explico tragando de mi vaso. «Si supieran que ese porcentaje que les bajo a una lĂ­nea, estĂĄn sumadas a las que no tienen descuento» Conozco mi mercancĂ­a y sĂ© cuĂĄles son nuestras fortalezas. «El whisky es una de ella» La de empresas Lombardi son igual de buenos, pero aunque digan lo contrario la Morgan es mejor y ya estĂĄ. «Hay cosas que deben reconocer» Los clientes revisan la informaciĂłn que le entregan mis empleados de manera digital y
 —Me gustarĂ­a firmar con ustedes, de verdad he buscado estĂĄs promociones con lĂ­nea de crĂ©dito y no la he encontrado —dice logrando que explaye una sonrisa. —Nos reuniremos en unos dĂ­as para leer los contratos y firmar —hablo poniĂ©ndome de pie mientras abotono mi traje. “El cliente es mĂ­o Alex” Le escribo a mi primo que estĂĄ loco si cree que puede hacer negocios grandes en mis tierras. Me responde con un “maldito” que ignoro y luego sigo mi camino con un poco de humor. —¿Celebramos o quĂ©? —me pregunta Lucian. Asiento con la cabeza subiendo detrĂĄs de Ă©l y, los empleados nos llevan a uno de los bares que no son de nuestra propiedad. «A veces estar en medio de nuestras gente agota» La atenciĂłn exagerada mĂĄs los Killers que estĂĄn en toda Italia me exasperan. Por eso y porque la matriz estaba aquĂ­ fue que LucĂ­an y yo nos venimos a Florencia. Me siento con mi hermano quien, enseguida pide una cerveza para Ă©l y un Whisky doble para mĂ­. —¿La encontraste? —le pregunto curioso y rueda los ojos. —¿Por quĂ© mierda se te hace difĂ­cil conseguir a una mujer capaz de parirme? —pregunto con la frente titilando. —Lo he hecho, creeme, pero apenas saben quienes somos piensan que despuĂ©s de dar a luz la vas a matar y quitarle al bebĂ© —explica y no respondo. «Hay cosas obvias» —¿Enserio alacrĂĄn? —me pregunta y sigo sin responder. «Son mis mierdas y no tengo porque darle explicaciones a nadie» —Brahin ha estado investigando a unas cuantas mujeres, viendo su
 —¡Diablos! —me masajeo las sienes—, ÂżQuĂ© parte de que no le dijeras a nadie no entendiste? —pregunto con la frente palpitante. —Solo es Brahin, no exageres —mofa. «AsĂ­ empiezan» Me levanto de mala gana y dejo al chismoso que se hace llamar mi hermano hablando solo. Vuelvo a las cuatro paredes de mi casa, mientras supongo que Ă©l hace lo mismo con la suya. «Vive a unas cuantas calles» «SolĂ­a vivir con Ă©l, pero se metĂ­a en mi vida privada y decidĂ­ mudarme» 
 —Las mujeres que no le importa tu reputaciĂłn son mujeres de la mala vida —explica Brahin subiĂ©ndose las mangas de la camisa. «Una mierda tan pequeña le queda tan grande» Corto el pedazo de cerdo que llevo a los labios despuĂ©s de darle un poco a Aston. —No deberĂ­as de comer eso, sabes perfectamente que
 —Fulmino a Lucian con la mirada. «No soporto que sea tan insoportable». —No dije nada, tragate todo el cerdo que quieras y si se te llega a inflar el estĂłmago es tu problema —me contesta de mala gana. —No soy un asesino, puede ser que haya mandado a matar a algunas personas o que algunos de mis negocios no hayan tenido la suerte que otros creen, pero
 —Brahin me sube una ceja que sobresale por encima de sus lentes. —Asesino asĂ­ mandes o aprietes el gatillo DamiĂĄn —habla—, ademĂĄs, el Morgan lo tienes en la frente. ÂżQuĂ© mujer en su sano juicio tendrĂ­a un hijo con uno de ustedes? ÂĄLes da miedo, Dios! Al menos que tomes alguna de los bares o de
 —No quiero nada de eso. ÂżQuĂ© te ocurre? ÂżCrees que soy un psicĂłpata? —me exaspera—, no me respondas una mierda. «Se cuĂĄles son las opiniones que tiene sobre mí» Ven sĂĄdico querer fecundar a una mujer para que me dĂ© un hijo, cuando puedo tomar a cualquiera y hacerlo. «No entienden mi punto, ni mis razones» —Dinos la verdad y ya estĂĄ —habla Brahin de nuevo y miro a Lucian con ganas de estrellarle la cabeza de la mesa. «No soy gay carajo» Intento abrir la boca para mandarlos a mierda y decidir yo mismo buscar mis cosas, cuando
 —¡Señor! —me habla uno de mis escolta exasperado—, una mujer tomĂł de la guantera su reloj, estaba abierta nos distrajimos y
 La cabeza me comienza a dar vueltas. «Lo que me faltaba» —Cuerdas de incompetentes, dejo a cuatro, cuatro de ustedes a cuidar las camionetas y dejan que alguien tome mis mierdas —me pongo de pie mientras sostengo la correa de mi killer canino. Salgo con Brahin y con Lucian quienes se me pegan de la espalda despuĂ©s de pagar la cuenta, veo a los hombres que fueron a perseguir a la ratera volver con las manos vacĂ­as. —¿Y
? —pregunto con la cabeza a punto de estallarme —Se perdiĂł, yo
 —¿QuĂ© estĂĄn esperando para conseguirla? —hablo eufĂłrico. —DĂ©jala, ÂżquĂ© puede costar ese reloj? ÂżSetenta? ÂżOchenta mil dĂłlares? —pregunta mi hermano y a veces me dan ganas de ahorcarlo. —¡Fue el que nos dio Luciano demonios! —hablo exasperado. —Busquen esa mierda —habla frĂ­o. «Perder algo que nos dio Luciano serĂ­a como suicidarse» —Si se los dio Luciano es porque tiene un GPS —habla Brahin sonriendo. Qué  seguramente estĂĄ configurado al auto —se mete en mi camioneta y mueve teclas que, a los nanosegundos da la ubicaciĂłn. EstĂĄ cerca, asĂ­ que me subo con Ashton a mi lado, pensando seriamente en que Luciano debe tener algĂșn serio problema de vigilancia. «¿Para quĂ© ponerme un maldito GPS a mi? » La ubicaciĂłn no es exacta, solo
 —¡Es ella! —habla uno de los escoltas y muevo mi camioneta en su direcciĂłn. Las otras dos camionetas hacen lo mismo y
 la mujer en cuestiĂłn palidece mientras sube las manos. —No disparen por favor soy inofensiva —suelta. «Y yo soy una joyita» Salgo del auto mientras sostengo la correa de mi perro y la detallo mientras camino; lleva un traje de baja categorĂ­a que se ajusta tanto a su cuerpo, que marca las curvas bien proporcionadas tĂ­pica de una mujer latinoamericana. —Vamos niña mi reloj —hablo. —Yo
 es que
 —tartamudea aumentando mi ansiedad. «Huele a jazmĂ­n y shampoo barato pero delicioso» —Mi reloj muchachita no tengo todo el dĂ­a —pido exasperado. —Lo perdĂ­ —suelta y la cabeza comienza a dolerme. Me acerco a ella de manera retadora y veo como da dos pasos hacia atrĂĄs asustada. EstĂĄ descalza y su poca estatura me hace ver muy grande cuando me acerco. —¿Sabes cuĂĄnto cuesta ese reloj? —le pregunto y niego con la cabeza. Brahin intenta decir algo, pero le hago señas para que se calle. —No tengo idea —susurra temerosa. —Bueno, vas a tener que ir sabiendo porque ahora tendrĂĄs que pagarlo, nadie te manda a dar de ratera —la amenazo. —¡No soy una ratera! —se queja subiendo la mirada. «Descarada» —No, entonces tĂș solo estaba corriendo porque te creĂ­as deportista y mis hombres eran tu competencia, por favor —bufo Traga grueso sin poder contestar. —RevĂ­sala —demando logrando que los escoltas hagan lo suyo. Patalea y se queja pero deja que lo haga para darnos cuenta que no lo tiene. «Ahora tendrĂĄ que pagarlo» —Se cayĂł del bolso mientras corrĂ­a —explica con los ojos llorosos. «Hacen mierdas y luego se quejan» Le hago señas a Lucian para que la lleve a su casa y tambiĂ©n le doy la orden a los escoltas de que encuentren el maldito reloj. —¿A dĂłnde me llevan? —pregunta cuando la gente de mi hermano la suben al auto y no puedo evitar detallar el marrĂłn de sus ojos. «Tiene la piel trigueña, como si hubiera llegado reciĂ©n a Florencia» —A tu casa, te buscarĂ© para que me pagues la deuda —demando tomando a Aston y subiendo sin mĂĄs a mi camioneta. «¿DĂłnde he visto a esta extranjera?» III Un hijo o la cĂĄrcel Pov DamiĂĄn Pincho el trozo de fresa que llevo a mis labios; estĂĄ entre dulce y ĂĄcida, haciendo explotar mi paladar al degustarla. Aston se mantiene a mi lado derecho comiendo el trozo de filete que le diĂł la mujer de servicios. Acaricio su melena gris sin dejar de comer con la otra mano, hasta que
 mis ojos se encuentran con Brahin y mi escolta de confianza que vienen entrando al comedor de la mansiĂłn. —Encontramos el reloj señor, lo tenĂ­a un vagabundo cerca del callejĂłn donde encontramos a la señorita —me explica el empleado tendiendome la joya. Se la arranco de la mano con desespero y la reviso ansioso porque realmente sea el reloj que me regalĂł mi padre y
 efectivamente sĂ­ lo es. —De la que te salvaste hermanito —me suelta LucĂ­an entrando tambiĂ©n al comedor y ruedo los ojos. No es que le tenga miedo a Luciano Morgan, pero sĂ­ un profundo respeto; mi padre nos enseñó que debemos apreciar lo que con amor se da, asĂ­ sea una joya de mucho valor como el reloj o la comida de mi madre. «Eso y que no quiero lidiar con sus malditas amenazas de empalamiento» —¿Y hay noticias de la extranjera? —pregunto con curiosidad tratando de calmarme. Me pongo de pie y rodeo el comedor mientras mi mente recuerda a la mujer de baja estatura y de cuerpo con curvas que robĂł y perdiĂł mi reloj. —Es colombiana, tiene veintitrĂ©s años de edad, publicista, pero graduada por medio de becas —Brahin me entrega las notas que no sĂ© como mierda encontrĂł. Es exorbitante la puntuaciĂłn con la que se graduĂł, pero mĂĄs exorbitante es saber que no ha encontrado empleo en Florencia. —TambiĂ©n tiene una hermana de seis años que sufre de una enfermedad asmĂĄtica, vive con su tĂ­a materna y de sus padres aĂșn no se registra nada, pero supongo que se quedaron en su paĂ­s natal —me muestra todo lo que quiero saber. —¿QuĂ© piensas hacer hombre? —se mete Lucian—, ya conseguiste el reloj, dĂ©jala en paz, solo es una pobre mujer sin suerte. —Pero con curvas —habla Brahin acomodĂĄndose los lentes de manera coqueta y lo aniquilo con los ojos. —Quiero que me la lleven a esta direcciĂłn mañana por la noche —le digo a mi escolta volviendo al asiento. Aston se sube a mis piernas y lo acaricio bajo la mirada inquisidora de Lucian, quiĂ©n pareciera que pudiera leer mi mente. 
 La frente me suda y el cuerpo me tiembla. La respiraciĂłn la tengo acelerada y el corazĂłn pareciera que va a salir de mi pecho. Abro los ojos y dejo que mis pies reposen en mis sandalias de casa. Es de madrugada y estoy sudando, gracias a la pesadilla que tuve. Camino al baño y me refresco la cara para luego volver a la habitaciĂłn. «Las Ășltimas noches ha sido lo mismo» —Aston —le hablo al animal que estĂĄ en la piecera de mi cama—, Âżquieres dormir conmigo? —le pregunto y me ladra en señal de respuesta. Lo veo subirse a la cama y me acuesto dejando que la figura voluptuosa de mi cuerpo en boxer mĂĄs Ă©l acostado entre mis piernas hagan el contraste perfecto, digno para una fotografĂ­a de revistas playboy. A la mañana siguiente me arreglo frente al espejo para ir a la oficina. Me coloco un traje de vestir de color gris y una gabardina del mismo color. El reloj que me dio Luciano lo dejo guardado junto a la colecciĂłn y tomo uno de oro blanco que abrocho en mi muñeca izquierda. Me echo perfume y me pongo los guantes antes de bajar a las escaleras. —¿Va a desayunar, señor? —pregunta la empleada y niego con la cabeza recibiendo el cafĂ© en el pequeño termo que me entrega. Subo a la camioneta y degusto lo mĂ­o mientras mis hombres se mueven a la empresa. Cuando llego a la oficina encuentro a Lucian en ella sentado en mi silla con las piernas en el escritorio mientras muerde una manzana. Lo aparto ignorandolo por completo porquĂ© ya se a que mierda vino y
 —¿SerĂĄ ella no es asĂ­? —me pregunta y no me da la gana de responder. «Si jode» —DamiĂĄn —se masajea las sienes imitandome—, ÂżcĂłmo harĂĄs para convencerla de que te dĂ© un hijo, diablos? ÂĄSolo es una niña de veintitrĂ©s años, no le arruines la vida asĂ­! —No le voy a arruinar la vida Lucian —lo observo a sus verdes un poco mĂĄs claro que los mĂ­os. «Nos parecemos mucho, pero no somos idĂ©nticos ya que, somos mellizos no gemelos» —¿No? —bufa—, ni siquiera sabes si es pura, si tiene novio en su paĂ­s o si no le interesa tener hijos
—habla y no me interesa. «No pienso tocarla» —Nadie es puro a los veintitrĂ©s años —le hablo y se pone la mano a la cintura—, y si tiene novio que lo deje y ya estĂĄ. —Dudo mucho que sepas de esas cosas —comienza y no creo que pueda seguir soportando. —No soy gay y si vuelves a decir eso de nuevo te voy a partir la maldita cara, Âżentiendes? —me exaspero logrando que suba las manos. —Solo piensa bien las cosas, podemos pagarle a alguien, mira, hablĂ© con estĂĄs mujeres que aceptaron entrevistarse contigo y
 Me muestra varias fotos que medio mĂ­ro. «Cuando se me mete algo en la cabeza no hay poder humano que pueda hacerme cambiar de opiniĂłn». AdemĂĄs, que me agrada la idea de que mi hijo tenga sangre latina. Eso y sumĂĄndole que, ella me debe su vida. Bueno, ya no, pero eso SalomĂ© Uribe no lo sabe. —No tendrĂ© a mi hijo con ninguna mujer de la vida fĂĄcil. ÂżQuĂ© te pasa? —Me exaspero—, ahora largo de mi oficina que tengo que trabajar —lo corro logrando que salga furioso. «No lo soporto» Recibo la llamada de mi padre que se queja porque no lo habĂ­a hecho antes y tambiĂ©n hablo con mi madre. Para horas de la noche salgo desde la oficina al restaurante donde citĂ© a SalomĂ©. Mientras la espero no puedo evitar mirar los documentos que me entregĂł Brahin junto a sus fotografĂ­as y, cada vez que lo hago me convenzo mĂĄs que quiero que sea ella quien lleve a mi hijo en su vientre. —¡SuĂ©lteme! Yo puedo caminar sola —escucho a la mujer que es arrastrada al interior del restaurante por mi escolta. Me masajeo las sienes al detallarla; lleva unos vaqueros desgastados, con una franela de algodĂłn blanca y unas zapatillas de trenzas. Sus cabellos castaños caen de un lado y sus labios gruesos y provocativos estĂĄn pintados de un rosa pĂĄlido. Le hago señas a mi escolta para que la suelte y ella enseguida camina hasta la mesa donde me encuentro. A pesar de que me robĂł un maldito reloj que cuesta mĂĄs que su vida, se mueve con la mirada en alto y con seguridad hasta mĂ­. «Descarada» Me pongo de pie cuando estĂĄ cerca y le abro la silla para que se siente. Puedo ver el nerviosismo de sus manos al detallarme. Claramente soy mucho mĂĄs alto que ella. AdemĂĄs de que estar rodeado de cinco hombres con trajes y armas no es algo muy comĂșn que digamos. —SalomĂ© Uribe —saboreo su nombre mientras sonrĂ­o. La veo sentarse con la mirada fija en mis verdes y aprieto la mandĂ­bula con seriedad cuando lo hace. —Veo que ya sabes mi nombre —dice fingiendo desinterĂ©s. —Hay muchas cosas que ya sĂ© de tĂ­, por ejemplo, que eres colombiana, que tienes una hermana menor, que vives con tu tĂ­a y
 —Vaya, quĂ© rĂĄpido ruedan los chismes en Florencia —habla con desinterĂ©s. Llevo un dedo a mi nariz y la masajeo detallandola; ni siquiera tiene idea con quiĂ©n mierda estĂĄ hablando. —Hablame mĂĄs de tĂ­ —le pido mientras subo la mano para pedir el menĂș. Ella toma Ă©l de ella y comienza a leer la carta. Me sorprende que sepa el idioma. Brahin me diĂł la informaciĂłn de que es graduada de publicista, pero jamĂĄs me dijo que era tan buena; los publicista deberĂ­an saber mĂ­nimo dos idiomas, pero al ser ella graduada por medio de becas no lo creĂ­ asĂ­. —¿Sabes italiano? —pregunto y asiento con la cabeza. —Italiano, ingles y español que es mi idioma natal —explica neutra. Observo el movimientos de sus labios y tambiĂ©n lo rojizo que se tornan sus mejillas de repente. —No hay nada que pueda saber de mĂ­ que no lo haya averiguado señor
 —intenta decir mi nombre pero no lo sabe aĂșn. «No recuerdo habĂ©rselo dicho» —HĂĄbleme de usted, ya que le debo mi alma al diablo, por lo menos quiero saber su nombre —dice. Recibimos los alimentos y veo como intenta comer la pasta con boloñesa que pidiĂł. Corto el trozo de carne al vino y la llevo a mis labios sin dejar de mirarla. La carne estĂĄ jugosa, los sabores con la que la condimentaron se pegan a mi paladar de manera armoniosa. —Todo el mundo sabe quiĂ©n soy SalomĂ©, asĂ­ que no creo que tĂș seas la excepciĂłn —respondo de manera neutra. —¿TendrĂ­a por quĂ© saberlo? —me pregunta de vuelta y achico los ojos. —Eso esperaba —tomo la copa de vino y la llevo a mis labios para degustarla. «Soy mĂĄs de whisky y de bebidas calientes pero era buena compañía para el platillo que pedí» —Pues no lo sĂ©, solo sĂ© que tengo una deuda enorme con usted señor y me gustarĂ­a saber cĂłmo puedo pagarla —habla con voz aguda—, no fue mi intenciĂłn tomar ese reloj de su coche, pero
 —Se traga las palabras que quiere soltar y me aflojo el nudo de la corbata. —¿Pero quĂ©? —pregunto curioso. —Pero no tenĂ­a opciĂłn —susurra—, sin embargo no quiero justificar mis actos y quiero hacerme responsable de ellos, por eso, estoy a su completa disposiciĂłn —habla haciendo que ensanche una enorme sonrisa. Me siento sĂĄdico, perverso por aprovecharme de la situaciĂłn sabiendo que el reloj estĂĄ a mi poder; pero asĂ­ soy, astuto, hago de lo imposible lo posible y, SalomĂ© Uribe es eso que llegĂł para cumplir mis deseos. —Es fĂĄcil lo que te dirĂ© —le hablo sonriendo—, o un hijo o la cĂĄrcel, tĂș decides —suelto con perversidad. IV Una deuda mĂĄs Pov SalomĂ© —O un hijo o la cĂĄrcel —dice con una sonrisa que se me antoja perversa. Sus ojos verdes se tornan mĂĄs oscuros y sus mĂșsculos exagerados y provocativos se contraen. No puedo describir la sorpresa, el miedo y la incomodidad que siento por sus palabras. ÂżUn hijo? ÂżSe volviĂł loco? Miro a todos lados intentando encontrar la cĂĄmara escondida, pero no, el morbo, la seriedad y la dureza de su rostro me indica que no estĂĄ jugando. «Sus palabras son reales» Por alguna razĂłn Ă©l quiere que
 aparto las palabras que se repiten en mi cabeza de manera aguda y ronca al recordar su voz. Las manos me tiemblan y un nudo sube por mi garganta capaz de lastimarme las cuerdas vocales. —¡Se volviĂł loco! —hablo sosteniendo mis manos contra la mesa y poniĂ©ndome de pie—, ÂżQuĂ© clase de persona cree usted que soy yo? Una cualquiera que usted puede comprar o
 —La voz se me entrecorta y el rostro se me torna rojo. La rabia que siento amenaza con golpearlo, pero me repito mentalmente que no debo sacar mis dotes latinos en un restaurante como este. AdemĂĄs, ver a los hombres con trajes que estĂĄn a mi alrededor me recalcan que no es una buena idea. —SiĂ©ntate —me dice saboreando su copa de vino. Odio que huela y se vea tan bien. ÂżQuĂ© mierda te importa como huela y se vea SalomĂ©? ÂĄTe estĂĄ amenazando! Las pulsaciones se me aceleran con el semblante descarado que se carga. Él sabe que estĂĄ bueno, que tiene poder y que estoy en sus manos y eso por alguna extraña razĂłn le gusta, le excita y hasta podrĂ­a jurar que lo prende. —¡No voy a sentarme! Usted es un demente, un loco un
 —Un mafioso con traje —me sonrĂ­e y trago doble. «Lo sabĂ­a» Desde que lo observĂ© fuera del callejĂłn supe que este hombre emanaba mucho poder para ser solo un millonario, sabĂ­a que detrĂĄs de sus ojos verdes como el cĂ©sped los tatuajes que intentaban asomarse en su cuello y sus facciones duras y llenas de carĂĄcter sĂłlo podĂ­an ser la de un
 trago grueso incapaz de repetir las palabras que salieron de su boca. Veo como me señala el asiento con sus ojos severos y oscuros y
 sin poder protestar me siento. El corazĂłn parece un tambor en mi pecho y las manos me tiemblan. ÂżEn quĂ© te metiste SalomĂ©? Me repito mentalmente, pero cuando creo que nada puede ser peor Ă©l habla de nuevo. —Mi nombre es Damian Morgan, soy el dueño del Conglomerado Morgan, Âżahora sĂ­ te suena mi nombre Ragazza? —Me pregunta y las palabras de mi tĂ­a llegan enseguida a mi mente. «Son mafiosos asesinos» —¿QuĂ© quiere de mi señor? —Vuelvo a preguntar. —¿Acaso no he sido claro? —pregunta con altanerĂ­a—, quiero que me des un hijo o si no irĂĄs detenida por el robo de mi reloj —habla y todo se me paraliza. —Acaso
 —intento abrir la boca pero lo cĂĄlido de su aliento vuelve a pegar de mi rostro cuando me interrumpe. —No tengo que decirte porquĂ©, no es de tu incumbencia solo quiero seas inseminada por mĂ­ esperma y que lleves a mi hijo en tu vientre, cuando ya haya nacido me lo entregues y, para que veas que son un hombre muy bueno
 —Lo Ășltimo lo dice de una manera que me causa escalofrĂ­o. Me remuevo en el asiento incĂłmoda incapaz de creer que lo que dice es verdad y hasta me pellizco el brazo para saber si no es un sueño. «O una pesadilla» Pero no, me lo confirma la continuidad de sus palabras; —Te darĂ© empleo en mi empresa como publicista y una numerosa fortuna al culminar tus servicios —sigue. «¿Servicios?» —CĂłmo podrĂ­a parirle un hijo y dĂĄrselo como si no llevara mi sangre, es algo cruel
 ÂżNo tiene sentimientos? ÂżCree que yo soy una mujer insensible? ÂĄSerĂ­a tambiĂ©n mĂ­o por dios! —EstĂĄs endeudada, tu hermana estĂĄ enferma y vives en la completa miseria, no tienes opciĂłn, solo es alquilar tu vientre y ya estĂĄ —Se traga lo que queda de su copa. Sus palabras me asquean, y hasta me estremecen. —¡No! —grito logrando que todos me observen—, ÂĄes usted una persona ruin, sin nada en el pecho, un animal! —tomo la copa de mi vino y se la echo en la camisa logrando que se le tiña de vino. Salgo de ahĂ­ como alma que lleva el diablo. Los escoltas intentan seguirme, pero Ă©l los detiene haciendole una seña con la mano. «Arrogante, narcisista, imbĂ©cil» Unos minutos despuĂ©s llego a casa con un peso enorme en los hombros. Pensar en lo que me estĂĄ costando tomar por primera vez algo que no era mĂ­o me exaspera y me abruma. Nunca antes habĂ­a tomado nada que no fuese mĂ­o y justo cuando lo hago firmo una sentencia con el mismĂ­simo diablo, porque si de algo estoy totalmente segura es que Ă©l no me va a dejar en paz. «Quiere un hijo y lo quiere conmigo» Si tan solo pudiera pagarle lo que le debo. ÂĄEs un dineral SalomĂ© y es cierto lo que dijo Ă©l! EstĂĄs en la miseria. Abro la reja que le da paso a la puerta de la casa y entro encontrĂĄndome con el silencio abrupto de la casa. Llamo a mi tĂ­a y a SofĂ­a con desespero, pero
 —¡Niña SalomĂ©, niña SalomĂ©! —me llama la vecina—, su tĂ­a dijo que le avisara que tuvo que sacar a la niña de emergencia al mĂ©dico, tuvo una crisis y
 —dejo de oĂ­r con lo prĂłximo que me dice la vecina. SofĂ­a es todo lo que tengo en el mundo, (aparte de mi tĂ­a). Si algo le ocurre tambiĂ©n a ella, yo
 trago grueso al solo imaginarlo. —SofĂ­a Uribe, señorita es una niña de seis años que fue ingresada por asma crĂłnica —le digo a la recepcionista que enseguida teclea algo en su computador. Me indica el piso donde se encuentra y, al estar el ascensor lleno subo por la escalera corriendo. Mi tĂ­a estĂĄ sentada con los ojos llorosos en una de las sillas de espera y por el semblante que observo me doy cuenta de que nada anda bien. —TĂ­a, ÂżcĂłmo estĂĄ SofĂ­a? ÂżPor quĂ© la ingresaron? Yo
—la abrazo nerviosa. Mi tĂ­a intenta hablar, pero es interrumpida por un mĂ©dico que pregunta por los familiares de la niña Uribe. Digo que soy su hermana y el hombre enseguida explica algo preocupado; —Su hermana tiene una fuerte infecciĂłn en los pulmones, me temo que tenemos que dejarla hospitalizada un par de dĂ­as —explica—, en estos momentos la tenemos con oxĂ­geno, ya que la infecciĂłn empeorĂł por su asma crĂłnica —sigue logrando que apriete con fuerza las manos de mi tĂ­a. Los dĂ­as pasan aumentando mi ansiedad; dos dĂ­as despuĂ©s de que hablara con ese hombre en el restaurante me llegĂł una tarjeta con su nĂșmero de telĂ©fono. He considerado irme de nuevo a Colombia, pero
 se que allĂĄ no tengo ninguna oportunidad, ademĂĄs de que no hay dinero para el pasaje y dejar a mil tĂ­a ya no es una opciĂłn. «EstĂĄs perdida SalomĂ© y lo sabes» Entro con un jugo y un sĂĄndwich a la habitaciĂłn de SofĂ­a y ella sonrĂ­e apenas me vĂ©. Hace tres dĂ­as le quitaron el oxĂ­geno y las fiebres que la tenĂ­a delirando cesaron. —¡SalomĂ©! —SonrĂ­e mostrando sus pequeños dientes. —Pequeña —le muevo el flequillo y beso su frente con amor. Recibe lo que le entrego y mientras muerde el sĂĄndwich habla con la boca llena: —¿SabĂ­as que los osos de agua o tardĂ­grados pueden soportar temperatura a mĂĄs de 200 grados? ÂżEs una locura no es asĂ­? —pregunta y suelto a reĂ­r. —¿DĂłnde leĂ­ste eso? —le pregunto curiosa. —En un libro que me prestĂł la enfermera —se encoge de hombros. Suspiro dejando que termine de comer y luego la dejo sola cuando el medico me llama aparte. Siempre he querido tener las posibilidades econĂłmicas de darle todo a SofĂ­a, aparte de que es muy inteligente es dulce y carismĂĄtica y la amo tanto que
 todo lo hago por ella. —Señorita, pase el recibo de la cuenta a la recepciĂłn, solo falta que pague para dar de alta a la niña Uribe. Le recetare una serie de medicamentos para la casa y... Me agarrĂł la cabeza nerviosa Estaba tan concentrada en que mejorara que olvidĂ© por completo que aquĂ­ la salud es paga. En mi paĂ­s tambiĂ©n, pero hay centros para personas de bajos recursos. Asiento yendo a recepciĂłn y como si tuviera dinero en la cartera pido la cuenta que
 me hace aguar los ojos con el monto que me entrega la recepcionista. —¿PagarĂĄ con tarjeta o con efectivo? —me pregunta y mi mente le quiere gritar que con mi vida, pero me muerdo el labio tragĂĄndome las palabras. Me muevo al jardĂ­n de la clĂ­nica con la cabeza dĂĄndome vueltas. ÂżY ahora como voy a pagar? Debo mĂĄs que lo que don RamĂłn le debĂ­a a don barriga a eso sumĂĄndole que no tengo un empleo para pagar. Los ojos se me aguan y un nudo se posa en mi garganta cuando me hallo en un laberinto sin salida. «No tienes opciĂłn SalomĂ© tienes que llamarlo» Me digo mentalmente mientras saco la tarjeta con su nĂșmero. Tomo el mĂłvil que me prestĂł mi tĂ­a para estar en comunicaciĂłn con la casa y marco su nĂșmero con las manos temblorosas. Los repiques aumenta mi ansiedad y su voz gruesa y profunda me hacen temblar las piernas. —¿SĂ­? —pregunta. —Soy SalomĂ© Uribe —hablo y no sĂ© porque lo imagino ensanchando una de sus sonrisas sarcĂĄsticas y provocativas. Le doy la direcciĂłn donde me encuentro y le explico la situaciĂłn con rapidez para luego colgar. «Él no va ayudarte SalomĂ© solo le importa que le des un hijo y ya estå» Me digo mentalmente mientras espero en la sala de espera. Hace frĂ­o e intento abrazarme a mi misma, para darme calor y
 —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, va a pagar la cuenta o no —pregunta la mujer de recepciĂłn. Intento decir alguna excusa pero la voz gruesa de ese hombre se hace notar; —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —habla DamiĂĄn Morgan dejĂĄndome sin aliento. «Bien SalomĂ© debele mĂĄs al narcisista para que luego te las cobre todas juntas» V Mis protegidas Pov DamiĂĄn Siento como el lĂ­quido carmesĂ­ baña mi camisa poniĂ©ndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan mĂĄs oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ÂżQuĂ© se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su paĂ­s son asĂ­: altivas, orgullosas y decididas y, aunque deberĂ­a de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche mĂĄs con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «VendrĂĄ a mĂ­ lo sé» TambiĂ©n se que no puede irse, no tiene cĂłmo hacerlo. AdemĂĄs, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. SĂ­, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidĂ­ y es ella quien me darĂĄ un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos despuĂ©s y le indico al chĂłfer que me deje en la casa de Lucian, queda mĂĄs cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chĂłfer me deja enfrente de la mansiĂłn y entro despuĂ©s de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mĂ­a cuando le da la maldita gana pero aquĂ­ tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansiĂłn de Lucian es muy diferente a la mĂ­a, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnologĂ­a hasta videojuegos traĂ­dos de JapĂłn. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje negro. Lo saludo acariciĂĄndole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayorĂ­a de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —QuĂ© honor tenerte en mi humilde morada —habla Ă©l idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exĂłticos del mar. EstĂĄ sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalĂłn de casa gris y una sandalias de cuero negro. —¿Por quĂ© mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofĂĄ de cuero marrĂłn que tengo detrĂĄs. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sĂ© a dĂłnde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mĂ­nimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —CĂĄllate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir molestando con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestĂł, Âżvale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecĂ­ trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que tambiĂ©n serĂĄ de ella —se traga el whisky de golpe—, por quĂ© mejor no dejas a esa mujer en paz DamiĂĄn yo
 —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con Ă©l hasta que el enojo y las ganas de asesinar a SalomĂ© se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me habĂ­a faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ÂżDĂłnde quedarĂ­a mi reputaciĂłn? » Y solo porque le pedĂ­ algo tan sencillo. 
 —Me va a llamar, ya verĂĄs —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los Ășltimos dĂ­as he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asignĂ© para que la siguiera de manera discreta me indicĂł que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allĂĄ me he contenido esperando que sea ella quiĂ©n me llame. —¿Por quĂ© lo harĂ­a? —me pregunta Brahin quien estĂĄ moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirĂĄ mi cometido —digo en el preciso momento que mi mĂłvil suena. Lo tomo y sonrĂ­o al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus nĂșmeros registrados en mi mĂłvil» —¿SĂ­? —Contesto fingiendo desinterĂ©s. Cuelgo el telĂ©fono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamarĂ­a —le dejo saber a los animales que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opiniĂłn. Unos minutos despuĂ©s llego a la clĂ­nica; no es la mĂĄs costosa, pero claramente la salud en Italia y mĂĄs en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabĂĄn y entro a la sala de espera en busca de SalomĂ© y
 la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener su busto; no son grandes, pero tampoco pequeños dĂĄndole un toque perfecto. Sus labios estĂĄn pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una crĂ­a carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una crĂ­a» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitaciĂłn, Âżva a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagarĂ© la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquĂ­ estĂĄn haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer despuĂ©s de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a SalomĂ© quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y
 —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocĂĄndome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, Âży el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrĂ­o. —Soy SofĂ­a Uribe, Âżusted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no
 —¡SofĂ­a! —la reprende su hermana dejĂĄndome la duda de lo que iba a decir. —Las llevarĂ© —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que
 La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrĂĄs del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demĂĄs van detrĂĄs de mĂ­ en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejĂĄndome frĂ­o. «OjalĂĄ fuera solo eso» —SofĂ­a por favor
 —la reprende la hermana. —¿Por quĂ© preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que
 lei en un libro que los narcotraficantes son asĂ­ como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterĂ­as SofĂ­a —habla su hermana con el ceño fruncido. —EstĂĄ bien, me callo, solo dirĂ© que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayorĂ­a son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiraciĂłn por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor SofĂ­a no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿TĂș no crees que sea guapo, SalomĂ©? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mĂ­ y SalomĂ© intenta decir alguna excusa, pero
 —Te quiero en mi casa para aclarar los tĂ©rminos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llĂ©vale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarĂĄn bajo mi responsabilidad —demando sonriente.

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